I. Aggiormanmiento de la Compañía
Estamos en un momento sumamente interesante del mundo y de la Compañía; y no voy a entrar en esto que conocéis perfectamente, mejor que yo. Ahora se trata de un “aggiornamiento” de la Compañía; se trata de una encarnación de la Compañía en el mundo de hoy, una encarnación apostólica; y esto tiene consecuencias de gran importancia, que llevan a modificaciones grandes.
El apostolado es una nota característica esencial de nuestro fin. Por tanto cuanto haga la Compañía tiene que ir iluminado por esa luz del apostolado. Por ello, cuando tratamos de una adaptación de la Compañía al mundo actual, empezaremos por estudiar este mundo y conocerlo; lo cual lleva también ciertamente, a una transformación de la Compañía.
El servicio que la Compañía hizo a la Iglesia después del Tridentino es distinto, por supuesto, del que pide hoy el Vaticano II. La situación del mundo y la situación de la Compañía son hoy muy distintas de las del siglo XVI. El servicio, que es el común denominador, de todas las situaciones, tiene en cada una aplicaciones muy distintas.
Naturalmente, esta aplicación hoy, en palabra conciliar será una “renovatio accomodata”, debe ser una acomodación que esté basada, en una renovación espiritual, punto de vista que no podemos olvidar, y que toca muy de cerca a este curso de Ejercicios.
Porque, si tratamos en la Compañía de una acomodación apostólica, cien por cien, con una eficacia grande sobrenatural, tratamos por supuesto, también de esta renovación interior. Sin embargo, a veces podemos dejarnos arrastrar, hacia lo meramente exterior, acuciados por la necesidad urgente, de dar una aplicación práctica a nuestros ministerios. Encuentros, comisiones, estudios sociológicos, etc., como los estamos realizando, son muy útiles. Pero todo eso supone, primeramente, una renovación interna espiritual.
Y para realizar esa comodación o "renovatio accomodata" debemos ir a las fuentes. Esas fuentes según el mismo Concilio, son, para todos los Religiosos, primero el evangelio, segundo su propio carisma y su expresión en las Constituciones. Así también nosotros tenemos que ir, a descubrir el carisma ignaciano en toda su profundidad.
II. Razón de ser de la Compañía hoy
Es cuestión de gran importancia porque al tratar de una aplicación apostólica de la Compañía al mundo actual, se puede preguntar, en primer lugar, hasta qué punto la Compañía hoy tiene elasticidad suficiente para aplicarse a la situación actual. Y de ahí vendría el que de una forma más o menos drástica, se puede preguntar, como se pregunta actualmente: ¿Tiene la Compañía razón de ser hoy?
Surgen, pues, problemas que hay que presentar de una manera clara, pero de frente. Porque no se trata de huir las dificultades, sino de proponerlas, si existen. y de solventarlas, si se puede.
¿Se puede adaptar hoy la Compañía? ¿Hasta qué punto? Preguntas sumamente interesantes. Esto nos lleva, primero, a una reflexión hacia afuera, es decir, hacia el estudio de la situación actual del mundo en que vivimos hoy. Pero, al tratar de acomodar la Compañía a esta situación actual del mundo, no podemos eliminar o modificar las que son notas esenciales de la Compañía. Porque, sí cambiamos una sola de sus notas esenciales, en ese mismo momento deja de ser la Compañía lo que es.
Esto nos lleva en segundo lugar a una reflexión “ad intra”, la de preguntarnos cuáles son las notas esenciales de la Compañía lo que nos debe llevar a descubrir las notas del carisma ignaciano.
Toda Orden o Congregación Religiosa, tiene su carisma vivido, en su historia. Y la Compañía en concreto, lleva cuatrocientos años de historia en los que ha ido desenvolviendo su carisma, aplicándolo a las diversas situaciones históricas de cada época.
Ciertamente la Compañía en el año 1965 tuvo una forma determinada y la Congregación General se preguntó: ¿hasta qué punto esta forma concreta es indispensable y la más eficaz expresión del carisma ignaciano qué se debe mantener? ¿No existirán elementos obsoletos, que pueden ser un bagaje histórico anacrónico y qué, por consiguiente, hayan de ser modificados? O al contrario, ¿no hará faltas introducir otros elementos nuevos y formas acomodadas que hoy no tenemos?
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué haría San Ignacio en nuestras circunstancias actuales?
Porque no se puede, desde luego, prescindir de la evolución y enriquecimiento que las gracias vinculadas al carisma ignaciano han proporcionado a la Compañía, ni se puede prescindir de su actual situación. Ambas cosas están, en cierto sentido, condicionadas. Mas por otro lado hay que ver, cuál es el ideal, cuál es la forma en que San Ignacio fundaría hoy la Compañía, en qué modo aplicaría él ese carisma, teniendo en cuenta su evolución enriquecida. Eso será lo que nosotros tenemos que hacer. En una palabra tenemos que repetir hoy la “experiencia ignaciana”.
III. La experiencia ignaciana
Pero, ¿qué es la “experiencia ignaciana”? Mucho se habla hoy en la Compañía de la experiencia ignaciana; pero si preguntamos al que la quiere realizar en qué consiste tal experiencia, hallamos frecuentemente, por desgracia, una ignorancia grande de las cosas de la Compañía y de San Ignacio. No se sabe qué es esa experiencia.
No se niega la buena voluntad; pero se trata de una aventura experimental; de una cosa que pudiera ser una experiencia humana, espiritual, hasta sobrenatural; pero, ¿quién garantiza su carácter ignaciano? De ahí viene la importancia del conocimiento de los Ejercicios, que son el principio de esta experiencia ignaciana, aunque ésta, ciertamente, no se limita a los Ejercicios.
San Ignacio a lo largo de los años, fue teniendo muchas experiencias espirituales y, como sabemos, las grandes luces le acompañan durante toda su vida. En sus Ejercicios hay una base, un enfoque espiritual, un modo de valorar las cosas, que es enteramente ignaciano. Esta experiencia de los Ejercicios es la base para poder llegar a conocer bien el mismo carisma y la espiritualidad de san Ignacio.
Por esto digo que es sumamente interesante el profundizar en los Ejercicios. No se trata tanto aquí de la acomodación práctica en la exposición de los Ejercicios, sino que se trata “primo et per se” de una experiencia propia personal, que es lo que después hay que comunicar a los demás. Esta experiencia personal de los Ejercicios es condición necesaria para una acomodación de la Compañía, siguiendo el espíritu posconciliar. En esta tarea todos somos responsables, individual y colectivamente.
De ahí resulta el enorme dinamismo de esta responsabilidad y el serio compromiso que cada uno de nosotros debe sentir. La acomodación de la Compañía hoy al mundo es una acomodación total y a la que todos debemos contribuir: jóvenes y viejos, superiores y no superiores, todos.
De este sentido de responsabilidad nace el deseo de interiorización que a su vez es fuente del impulso apostólico. Con otras palabras: eso de que hoy tanto se habla, la horizontalidad, la comunicación, el apostolado, el contacto mutuo... es magnífico, ciertamente. Esta valoración de lo humano, de lo natural, y esa autonomía de los valores naturales, es un avance teológico, eclesial, apostólico de primera magnitud, pero, sin embargo, esto no excluye la verticalidad de esta relación con Dios en la oración, el contacto divino en lo más íntimo del corazón. Podemos pues decir que la máxima expansión apostólica y el máximo impulso apostólico están condicionados por la máxima interioridad.
Cuando vemos que San Ignacio tiene ese inmenso impulso apostólico, sentimos que se apoya en la oración, en el contacto con la Trinidad, en el diálogo con el Hijo, en el pedir a la Madre Nuestra Señora que le ponga con el Hijo y a éste que le ponga con el Padre, etc. Estas aspiraciones y gracias místicas de San Ignacio son verdaderamente las que le dan la fórmula específica del ser de la Compañía, más que todas sus cualidades y esfuerzos humanos.
Es un consuelo extraordinario ver cómo San Ignacio es el hombre que vive los Ejercicios, poseyendo la indiferencia positiva y la máxima docilidad a las inspiraciones del Espíritu, a quien sigue con gran confianza, con inmenso optimismo y amplia abertura, en la oscuridad de la fe.
San Ignacio no supo a donde iba. A veces creía saber, pero se equivocaba. San Ignacio es el hombre que busca siempre a Dios y se entrega por completo a El, el hombre de la indiferencia absoluta y positiva, el hombre del "magis" y de la mayor gloria de Dios. En sus empresas utilizara todos los medios humanos; pero siempre preguntándose: “Domine quid me vis facere". Si no ve claro, va probando por un lado y por otro, en una constante discreción de espíritus, hasta que encuentra una Compañía, la Compañía que hoy tenemos, fruto de esa posición de humilde docilidad, pero de búsqueda dinámica, y de colaboración con Dios.
IV. La experiencia de la Compañía
La Compañía actual se encuentra en una situación nueva del mundo, una situación que externamente se presenta de gran confusionismo y de profundas convulsiones en todos sentidos. Pero no cabe duda que esta nueva posición de la Iglesia ha sido querida por Dios. Ciertamente que esta posición ha sido determinada en gran parte por un Concilio; pero, ciertamente, en el Concilio está el Espíritu Santo. Así, toda esta nueva orientación de la Iglesia ciertamente es del Espíritu Santo.
La Compañía, en su tanto, tiene que seguir esa irrupción del Espíritu de la iglesia; no solamente en sus jerarcas —y el primero es el Santo Padre— sino también en el Pueblo de Dios y en los signos de los tiempos.
Siguiendo esta dirección, la Compañía tiene que ir buscando, con la inspiración del Espíritu Santo, la acomodación apostólica en amplia abertura al mundo. Una abertura al mundo que se seculariza.
La Compañía, por tanto, tiene que abrirse a ese mundo secularizado; y tiene que integrarse apostólicamente en ese mundo secularizado; lo que no es directamente abertura al mundo, sino abertura a Cristo. Es llevar a Cristo a ese mundo secularizado con nuestra presencia apostólica.
V. Integración apostólica
Por eso, prefiero usar el término "integración apostólica" en el mundo de hoy, que lleva en cierto sentido a una abertura y a una "secularización", a una abertura distinta de la que antes había; y que supone que primero nos abrimos a Cristo, y luego llevamos a Cristo a este mundo moderno.
Porque no se trata de acomodarnos, identificándonos con el mundo de hoy de una manera estática: sino que se trata de integrarnos e identificarnos con Cristo que mira la historia que va pasando. Por esto nosotros nos vamos acomodando para llevar a Cristo a un mundo que se mueve. Todo esto supone una gran indiferencia, un gran impulso apostólico, una identificación absoluta con Cristo y un delicado discernimiento de espíritus.
Hoy se habla mucho de discreción de espíritus; pero para que haya verdadera discreción, tiene que ser verdaderamente ignaciana, la cual supone que se vive en actitud de desprendimiento, en indiferencia, poseyendo una delicada sensibilidad del alma para oír la voz del Espíritu. Esto supone altura espiritual, experiencia íntima y esa disposición de ánimo que dan los Ejercicios.
Para una verdadera discreción de espíritus es necesario el amor personal a Cristo. No es el amor a Cristo un amor de carácter intelectual o sentimental; sino al Cristo del Evangelio, que es el que San Ignacio nos presenta en sus Ejercicios. La verdadera discreción de espíritus supone un amor a Cristo hasta el tercer grado de humildad.
VI. Estructuras externas y estructuras internas
Si amamos a Cristo así, no hay peligro. Entonces se pueden quitar muchas de las medidas externas. Todo el mundo habla de estructuras. Lo cierto es que en esta confusión de ideas y de cambios, están cayendo muchas de las disposiciones externas. Es cierto que una transformación limitadora de las normas externas es sana; pero ello supone una estructura interna mucho más vigorosa y flexible que rija todos los cambios externos con prudencia sobrenatural.
Ciertamente que la adaptación apostólica al día de hoy exige la supresión de muchas de las estructuras o disposiciones externas que hasta ahora han existido. Pero esto supone una interiorización muchísimo mayor y un sentido de responsabilidad personal y de sinceridad y de entrega interna a Nuestro Señor. Esto es precisamente lo que hoy quiere la Compañía; quiere hoy hombres que vivan los Ejercicios.
El joven sacerdote que se forma hoy, necesita mucho más que lo que nos exigían a nosotros. Pues el trabajo apostólico hay que realizarlo frecuentemente en circunstancias difíciles de aislamiento, de falta de protección de la comunidad, de falta de dirección con normas externas. No solamente manteniéndose en su vocación más o menos; sino ganando el mundo para Cristo, lo que supone una energía espiritual muy grande.
De ahí la necesidad absoluta de la interiorización máxima, con espíritu de oración profunda. Hablo de la necesidad de ser hombre de oración, hombre unido con Dios, identificado absolutamente con Cristo.
¿Por qué muchas de las caídas que hay hoy en la Compañía? Porque hoy exige el apostolado de la Compañía una actitud y unas actividades para las que muchos no están preparados suficientemente. El ideal es que el Provincial o el Superior pueda destinar a un jesuita a cualquier sitio, enviándolo solo. Pero quedando seguro humanamente, porque el enviado es un hombre interior, hombre de oración, hombre que sabe controlarse. Esto es lo que hoy necesitamos.
VII. Experiencia honda de los Ejercicios
Por eso será eficaz esta renovación de los Ejercicios, si conseguimos que todos vosotros tengáis la experiencia personal y profunda de estos Ejercicios. Porque el director de Ejercicios, podrá exponerlos muy bien; pero en el fondo vale lo que él vive. Y cuando quiere orientar las almas con verdadera discreción de espíritus, cada cual habla con eficacia de lo que tiene, no de lo que aprende en los libros.
¿Por qué vosotros, que sois realmente directores de Ejercicios, no hacéis un mes de Ejercicios, profundamente bien hecho? Esa es la vivencia de los Ejercicios: los Ejercicios que se hacen. No basta estudiarlos. Cuánto bien redundaría para vosotros; pero para toda la Compañía también.
VIII. Pluralismo y Unión
Supuesto que buscamos una aplicación apostólica de este carisma ignaciano al mundo actual, resulta que en la Compañía tiene que haber un pluralismo grande. La Compañía se tiene que acomodar en la India y en Holanda, en Estados Unidos, en la Argentina... a circunstancias completamente distintas, por lo cual el pluralismo es necesario y apostólicamente debe existir.
Tiene que haber un pluralismo de ideas. La posición que ha tomado la Iglesia respecto a la libertad de investigación en los estudios, lleva ciertamente a un pluralismo de ideas. La Compañía, porque quiere servir a la Iglesia, tiene que investigar y tiene que investigar con libertad. Pero ese pluralismo necesario no debe romper la unidad. San Ignacio deseó muchas cosas a la Compañía; pero una de ellas, absolutamente indispensable es la unión.
La unión es especialmente necesaria "para que se conserve el buen ser y proceder de esta Compañía", y es también especialmente difícil de obtener y conservar. Esa unión de espíritus, que de ningún modo excluye la pluralidad, debe diligentemente procurarse y no permitirse lo contrario.
La unión en San Ignacio es apostólica, dinámica. Es el efecto unitivo de la caridad. Es la unión de todos los corazones en uno con Cristo. La fuerza unitiva de esa caridad es tal, que si une hasta transformar identificando a los que la poseen, tiene también la fuerza dispersiva pluralizante para diversificar, al obligar por amor a "hacerse todos a todos".
IX. La "Unio Cordium" como centro
Puede haber ideas diversas y habrá criterios diversos; pero desunión y faltas de caridad y publicaciones injuriosas de unos contra otros es intolerable; porque estamos atacando el corazón mismo de la Compañía que es la caridad, la "unio cordium" de San Ignacio.
¿Dónde está la unión? En un solo punto: en querer a la Compañía como es. Y la Compañía es como determinó la Congregación XXXI. No hay otra Compañía de Jesús. No se puede admitir ninguna posición extrema que pretenda desautorizar lo decretado por la Congregación General.
La Compañía de Jesús es la de la Fórmula del Instituto, con las Constituciones y la Congregación XXXI, y las direcciones que ha dado el P. General, aprobadas por el Papa. Esta es la voluntad de Dios y esa es la única Compañía que existe.
X. Secularismo y Compañía
Hoy se habla de que la Compañía evoluciona y debe evolucionar hacia un Instituto Secular. Se niega rotundamente. Pues, sencillamente, porque el Instituto Secular y la Compañía se diferencian esencialmente. San Ignacio quiso crear una Orden clerical religiosa, con todas las características que eso lleva consigo.
Es cierto que el espíritu de la Compañía tiene mucho de esa apertura "secularizante" del Concilio, porque reconoce el valor de las criaturas y los valores humanos. Quiere decirse que el espíritu de la Compañía va a esa integración en el mundo, a esa encarnación en el mundo, pero esto no supone una transformación de la Compañía en un Instituto Secular.
XI. Movilidad universal
Hay otro punto relacionado con esta unión: la movilidad universal, garantizada por la unión e indiferencia ignaciana. La Compañía es una, y cuando alguien entra en la Compañía, no entra en una provincia, sino en el "corpus societatis".
Esta unidad, con esta universalidad y este pluralismo, da a la Compañía una agilidad y una eficacia apostólica extraordinaria. Tenemos que conocer el mercado, saber valorar las cosas y poder movilizarnos como sea necesario, para dar la máxima adaptabilidad a los medios y la máxima eficacia a la obra.
XII. Nuestra vocación hoy
Vista desde este punto de vista nuestra vocación es, mis queridos Padres, de una belleza tan extraordinaria, de una actualidad tan evidente y, por otro lado de una responsabilidad tan grande, que tenemos que procurar conocer cada vez mejor nuestro espíritu: para ello tenemos que ir a las fuentes que son los Ejercicios y éstos nos llevarán a Cristo. Debemos considerar que Cristo no quiere al mundo en esta situación tan terrible de opresión e injusticias.
Lo sabemos perfectamente; y la Compañía tiene algo que hacer; pero con espíritu ignaciano. Por eso, si preguntamos qué haría hoy San Ignacio si estuviera aquí, tendremos que responder que haría lo mismo que hizo en el siglo XVI: seguir a Cristo pobre, con testimonio de pobreza; y tener un sentido de obediencia hasta la "kénosis" de Cristo, que esa es la perfección de la personalidad.
Cuando digamos eficazmente el "suscipe" total con el que entregamos a Cristo lo poquísimo que podemos darle, esa llamita de la libertad, entonces habremos hecho lo que quiere San Ignacio en los Ejercicios, que es entregarse a Cristo y seguirle a dónde quiera que nos llame.