Instituto Thomas Falkner sj

Universidad Católica de Córdoba

Boletín de Espiritualidad Nr. 5 — 1969

La pobreza de los Religiosos en el momento presente

Por José Ma. Guerrero sj

El cristiano, peregrino entre el ya de la Pascua de Cristo y el todavía no de la Pascua de la Humanidad, vive en el período de la economía del Espíritu Santo. La Iglesia camina hacia la parusía del Señor. El "ahora" de la Iglesia es el "hoy" del Espíritu Santo. Un HOY Y UN AHORA que se prolongarán a lo largo de nuestro camino hacia el encuentro definitivo con el Señor.

Cristo a través del Espíritu unifica al pueblo escatológico, a pesar de nuestras torpezas y nuestros egoísmos, lo acrisola, lo vivifica y lo lleva a toda la verdad. El Espíritu Santo es la garantía de la Iglesia (2 Cor 1,22; 5,5).

La Iglesia es una realidad esencialmente pneumática y, por eso, urge estar alerta al Espíritu del Señor que es el que dirige radicalmente a su Iglesia. A la luz de esta primitiva pero grandiosa verdad habría que interpretar muchas de las cosas que están sucediendo en la Iglesia, LA IGLESIA POBRE E IGLESIA DE LOS POBRES.

El Concilio de la Pobreza

Si el Concilio Vaticano II no fue de hecho, como algunos pretendían, el concilio de la pobreza; es verdad, sin embargo, que se oyeron graves llamadas para hacer verdad la famosa frase del buen Papa Juan; "La Iglesia es de todos, pero, sobre todo, de los pobres".

Era necesario poner en evidencia la doctrina evangélica de la pobreza de Cristo en la Iglesia, de presentarla como el signo y el modo de la presencia y de la virtud salvífica del Verbo encarnado entre los hombres. La evangelización de los pobres debería ocupar el puesto central por derecho propio. La originalidad del mensaje cristiano sobre la pobreza sólo se comprende a la luz del misterio íntimo y personal de Cristo pobre. Para los cristianos la pobreza no es un problema sociológico, ni un programa económico, ni una teoría moral.

En el realismo de su Encarnación Redentora

Gauthier lo diría más sacudidamente en su mensaje al Concilio: "La esperanza de los pobres, ante todo y sobre todo, es la de encontrar a Jesús, el carpintero, que vive en su Iglesia... Los pobres y los obreros no quieren saber nada de una Iglesia que se dice Esposa de Cristo y se la da de gran señora... Quieren una Iglesia verdadera, auténtica, idéntica a Jesús de Nazareth".

Un Obispo contó la siguiente vivencia en el Concilio: un hombre le preguntó si era obispo al verlo en un autobús público. Al confirmarlo, el hombre respondió: "Nunca hemos visto a un obispo en autobús. Todos son ricos... Nosotros creemos en Jesús porque era pobre y sincero pero no podemos creer en la Iglesia porque es rica. ¿Cristo? sí. ¿Iglesia? no".

La Iglesia: Sacramento de Cristo

Si la Iglesia es Sacramento de Cristo, tiene que vivir, como El, el despojo de la Encarnación y la desnudez de la cruz. El Calvario revela la pobreza en su realidad total y absoluta. La Iglesia que es "signo" tiene que ingeniárselas para "aparecer" como tal.

La jerarquía no está puesta para dominar sino para servir. Aislar lo jurídico de la función salvífica es una posible tentación de la Iglesia. Siempre que el Espíritu Santo ha querido "renovar" a su Iglesia, ha desencadenado en ella un fuerte movimiento hacia una pobreza evangélica. El Concilio ha sido sólo el comienzo.

La redención en la pobreza y en la persecución

El problema que hoy se le plantea a la Iglesia frente a la pobreza es el VIVIRLA PARA TESTIMONIARLA EFICAZMENTE Y ASÍ REDIMIR A LOS HOMBRES.

Lo dice claramente el Concilio: "Más como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es llamada a seguir este mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (LG 8). Cristo no quiso la pobreza por sí misma sino por los hombres que quería liberar del pecado. Su anonadamiento es la suprema medida de su amor. Este es el camino de la Iglesia: encarnarse en los pobres para redimirlos.

"Hoy se ha cumplido esta Escritura"

Como Cristo, debe presentarse la Iglesia como la "enviada” a los pobres para anunciar el evangelio de salvación. En la sinagoga de Nazareth, Jesús leyó a Isaías: "El Señor está sobre mí, porque me ungió para la Buena Noticia a los pobres..." (Lc 4,18). Estas palabras son la historia prolongada de la Iglesia.

La Iglesia no puede amar realmente a Cristo sin amar a los pobres, los privilegiados del Reino. Por este amor a los pobres será juzgada. Se comprende ahora mejor por qué cuando el Espíritu Santo quiere renovar su Iglesia, la hace sentir en carne viva la llamada hacia una pobreza más evangélica.

El religioso: el hombre totalmente consagrado al Reino

La Iglesia llega al despojo total en sus mártires y debe ser ESPECIALMENTE pobre en aquellos que quieren "imitar más de cerca y representar perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó" (LG 44). El religioso es el hombre "totalmente" dedicado a la construcción del Reino.

La pobreza es algo indefinible

La pobreza religiosa por ser evangélica tiene que ser expresión de amor. No es algo que se pueda encasillar en fórmulas. Es un estilo de vida, una vivencia "personal", una entrega del corazón a Dios para compartir todo con los hombres. Pobreza de corazón pero encarnada.

Es necesario ser auténticos en la pobreza COLECTIVA. Propalar abiertamente una pobreza comunitaria y quejarse después cuando sentimos personalmente sus efectos no es signo de honradez evangélica.

La pobreza comunitaria: un signo más eficiente

Los religiosos se quejan a veces de que las casas en que viven y el aparato institucional de sus obras opaquen su testimonio. Una pobreza heroica en el interior de una comunidad encarnada en estamentos burgueses es difícil que constituya una mística hoy.

Nuestras comunidades no pueden ser "sociedades anónimas en las que lo común se independiza de las personas y se diluye en un impersonalismo irresponsable". A un mundo secularizado y socializado, la Iglesia no puede llevar lo que el mundo ya tiene y en mayor medida. Hemos de integrarnos en el mundo nuevo sin privilegios, para ser testigos de una vida nueva.

Sugerencias para la reflexión

  1. Vivir del trabajo: En una sociedad que valora el esfuerzo, los religiosos deben trabajar para vivir.
  2. Solidaridad real: Ser anunciadores de la Buena Nueva implica compartir los problemas y estilo de vida de los pobres.
    • Es injustificable que los empleados de una comunidad tengan un nivel de vida inferior al de los religiosos.
    • Evitar tener más amigos en el mundo burgués que en el de los necesitados.
    • No tolerar privilegios escudados en el hábito (impuestos, tratos preferenciales).
  3. Instituciones: Decir "NO" a las obras paternalistas que anestesian y "SÍ" a las que promocionan socialmente.
  4. Testimonio vs. Obra:
    • Separar la vivienda comunitaria del local de la institución para ganar independencia.
    • Pasar paulatinamente la gestión y propiedad de las obras a manos de laicos adultos y responsables.
  5. Nuevas categorías: Traducir la pobreza a términos actuales. Hoy, el espacio y el tiempo son los bienes principales (grandes casas, no estar sujeto a un ritmo de trabajo).
  6. Compromiso estructural: Colaborar en la transformación de estructuras sociales y estudiar la reforma agraria en propiedades propias (según la CLAR).
  7. Comunidades experimentales: Crear grupos de sujetos maduros para ensayar nuevas formas de pobreza y discernir en la verdad.

Al final de estas reflexiones, digamos que la complejidad del problema no debe paralizarnos. Al contrario, abrámonos a una indesmayable esperanza y colaboremos con el Espíritu para elaborar la respuesta que la Iglesia debe dar a un mundo socialmente hipersensibilizado.